
Ayer tuve la suerte (y sí digo suerte, porque entre los bloqueos de la CNTE —cual multiplicación del malvado von Rothbart— en el aeropuerto de CDMX y las obras de construcción del metro en la Sultana del Norte, no encuentro otra razón para explicar cómo fue que lo logré) de ver el estreno de El Lago de los Cisnes del Ballet de Monterrey, en versión creada por su director artístico Yosvani Ramos.
Siempre es de aplaudir que una compañía tenga el reto de bailar obras de larga duración y de danza académica pura para elevar su desempeño técnico, pero sobre todo artístico. En este caso, el resultado es más que sobresaliente; se nota una compañía motivada, dispuesta a enfrentar los desafíos que una nueva producción —y de esta magnitud— implica, integrada por bailarines a los que se les siente el “hambre” de bailar, de entregarse al cien por ciento a su arte y al público.
Es de destacar —y lo he notado en otras producciones— la capacidad dramática que tienen los integrantes de la compañía regiomontana. Más allá de resaltar la precisión con la que realizan la compleja coreografía de Ramos, es emocionante sentir a cada bailarín habitando su papel (Nellie Happee dixit). En esta función de estreno tuve el placer de ver a Axel Jaramillo, acompañado por la magnífica bailarina brasileña Laura Barbosa. Además de ser un excelente bailarín, Axel tiene ese algo que pocos bailarines jóvenes logran actualmente: nos conecta con su personaje a través de cada mirada y de cada gesto. Laura es delicada y conmovedora como Odette, con una sublime calidad de adagio, y su Odile es el contraste perfecto: vil, cruel, contundente, pero sin sobreactuar.
Y qué decir del cuerpo de baile: los actos blancos son de una precisión hipnotizante (aplausos para las maestras ensayadoras, pues bien sabemos que la “magia” de estos ballets de larga tradición clásica radica en sus corps de ballet). La coreografía, en todo momento, es musical, con un exquisito trabajo de port de bras y una sincronía perfecta, el unísono en su máxima expresión.
Entre los grandes aciertos de esta versión de Yosvani Ramos puedo destacar los siguientes (y solo algunos, porque de lo contrario esta publicación sería muy extensa):
Aprovecha la introducción musical de Tchaikovsky —que en sí misma nos lleva por el arco emocional de la historia— para presentar un prólogo en el que vemos el momento en que von Rothbart hechiza a la doncella para convertirla en cisne, lo que permite al espectador comprender mejor el desarrollo de la trama. Mantiene la pureza de la pantomima —especialmente esa tan poética en la que Odette narra a Sigfrido la historia de su hechizo—, que muchas otras producciones han eliminado y que, personalmente, agradezco. Incluye un pas de cinq para las princesas extranjeras en el tercer acto, que realza elegantemente diversos fragmentos musicales no siempre utilizados en otras versiones. Otro detalle importante es el peso coreográfico que tiene von Rothbart, especialmente en el pas de deux llamado del cisne negro, lo que acentúa el drama que está por suceder.
Notable también la complejidad y el peso que tiene la coreografía masculina: Ramos puso en valor las capacidades de sus intérpretes en un perfecto balance entre reto técnico, musicalidad e interpretación, que lo aleja de ser un mero virtuosismo superficial.
Y finalmente (last but not least), esos pequeños momentos sublimes, como el abrazo final entre Sigfrido y Odette al aceptar lo inevitable (a mí se me hizo un nudo en la garganta).
En fin, que no es la primera vez que regreso feliz de hacer un viaje relámpago para ver a esta compañía, que llega en plena forma a su 35 aniversario. Gracias, bailarines; gracias, maestros; gracias al patronato; gracias al equipo del Ballet de Monterrey y gracias, Yosvani, por compartir tu experiencia y tu energía.
En México tenemos artistas de primer nivel. Tenemos que apoyarlos.
Si están en Monterrey, aún pueden ver alguna de las funciones de mañana, domingo 25 de mayo, a las 12:00 y 18:00 hrs en el Auditorio Luis Elizondo del Tec de Monterrey.

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