Historia de un personaje que me hubiera encantado conocer.
«No quiero que Mimotchka sea un ‘bailador’ solía decir molesto mi padre cuando alguien de la familia mencionaba el tema de mandarme a la escuela de ballet. Él era un tranquilo hombre de negocios y veía al ballet como algo frívolo. La mera idea de que su hijo más joven dedicara su vida entera a saltar, dar vueltas en un pie y -lo peor de todo-, tomar a las bailarinas por la cintura para levantarlas por los aires, le resultaba del todo irritante».

Así comienza Mikhail Fokine el relato de sus memorias (traducidas y publicadas por su hijo Vitale en 1961 bajo el título Memorias de un Maestro de Ballet). Afortunadamente, con la complicidad de sus hermanos, desafiaron a la autoridad paterna y ese pequeño Mimotchka habría de convertirse en uno de los coreógrafos e ideólogos de la danza más influyentes de la historia.
Mikhail Mikhailovich Fokine, coreógrafo radical, reformador del arte de la danza, nació el 26 de abril de 1880. La persistencia con la que llevó a cabo sus ideas e impuso las que en su entender, deberían ser las nuevas formas en el ballet logró que buena parte de su repertorio perdurara en el tiempo: La Muerte del Cisne, Las Sílfides, El Espectro de la Rosa, Petrushka, Carnaval, El Pájaro de Fuego, Sherezada… Sin embargo, muchas veces se pasa por alto que era un extraordinario bailarín, con una técnica virtuosa e impecable y con gran personalidad escénica y fuertes cualidades de pantomima, además de un gran músico y dotado pintor.
Nacido en una familia de clase media de San Petersburgo, Mikhail Mikhailovich entró a los 9 años a la Escuela Imperial de Ballet de San Petersburgo. Sus primeras apariciones en el escenario del Mariinsky se dieron desde que entró a la escuela. En el mismo año de su ingreso, bailó en una danza de grupo para niños en El Talismán de Marius Petipa. Fokine creció y se formó en el más puro estilo clásico de Petipa, a quien respetaba profundamente, pero también contra cuyas ideas se rebelaría mas tarde y lo conduciría a proponer una nueva forma de bailar. Cabe aclarar que Fokine nunca renegó de la técnica clásica, simplemente, pensaba que el ballet en la época se había vuelto obsoleto, carente de congruencia y que había que reformar muchos aspectos.
Tras su graduación de la Escuela Imperial en 1898, se incorporó, como era natural, a las filas del cuerpo de baile del Ballet Imperial del Teatro Mariinsky siendo nombrado solista en 1904. Muy a menudo aparecía en escena acompañado de otra recién llegada a la compañía, Anna Pavlova.

Su talento, dominio técnico y personalidad le trajeron algo poco común: en 1902, con tan solo 22 años, fue invitado como maestro en la Escuela Imperial, para dictar clase en los grupos de mujeres. Gracias a esto se quedó en la danza, pues ya empezaba a cuestionarse la forma de hacer ballets y en general, estaba decepcionado del ambiente que predominaba en el teatro. Incluso estaba considerando dedicarse a la música o la pintura, disciplinas que también había estudiado con dedicación y que sentía que le llenaban más que la danza en ese momento. Su participación en la escuela le ofrecía dos ventajas: por un lado, representaba un ingreso adicional al que tenía de bailarín y por otro, le daba la oportunidad de explorar sus propias ideas acerca de la cohesión artística y coreográfica. Su primer ballet Acis y Galatea, fue creado para una función de la escuela, en la que por cierto un joven Vaslav Nijinsky hacía el papel de un fauno.
Mikhail Mikhailovich era un hombre con una gran curiosidad, ávido de conocimiento. Al tiempo que se sumergía en la música (tocaba piano, violín y dominó la mandolina y la balalaika) y en la pintura, también desarrolló un enorme interés por las culturas antiguas, como la griega y la egipcia. En sus memorias narra cómo, al llegar a la Biblioteca Imperial a solicitar libros sobre el arte clásico de los griegos, lo mandaron con el Director para que explicara el porqué de su interés por temas de los que ya nadie se ocupaba. Así empezó a hacer ballets con una plástica distinta y buscando cuerpos mas expresivos.
En 1904 presentó una carta al Director de los Teatros Imperiales que fue la base para sus ahora famosos 5 principios que describían las necesidades de la reforma del ballet: “… en lugar del dualismo tradicional, el ballet debe tener una completa unidad de expresión, una unidad que está hecha de la mezcla armoniosa de tres elementos: música, pintura y artes plásticas… La danza debe ser interpretativa. No debe degenerar en mera gimnasia… debe explicar el espíritu.” Estos planteamientos tendrían aún que esperar un poco para ser aceptadas y aplicadas, los códigos tan conservadores del Ballet Imperial no daban pie a cambios. Sus ideas revolucionarias muchas veces se les atribuyen a otros, así que es necesario resaltar que estos esfuerzos se hicieron cuatro años antes de conocer a Sergei Diaghilev y diez meses antes de que Isadora Duncan se presentara por primera vez en Rusia.
No se puede negar, sin embargo, que la visita de Isadora Duncan le exacerbó el deseo de llevar a cabo las ideas que había estado experimentando. Una de las primeras muestras de esto fue la creación, en 1905 de un solo para Anna Pavlova, La Muerte de Cisne, en donde si bien se conserva el uso del tutú y las zapatillas de punta, la libertad del movimiento del torso y brazos, así como la expresividad representada abrían nuevos horizontes a la danza.
Las obras que creaba para la escuela y para funciones de caridad llamaron la atención de Alexandre Benois quien en 1908 le presentó a Sergei Diaghilev, polémico personaje que al igual que Fokine, estaba convencido de la necesidad de la unidad de todas las artes en la creación de obras coreográficas y que estaba empezando a preparar la aventura de llevar una compañía de ballet a París. Y así empezaba la trayectoria de Mikhail Fokine que habría de cambiar para siempre la concepción del ballet. El impacto del repertorio que presentó en las primeras temporadas de los Ballets Russes de Diaghilev es indescriptible. La influencia que tuvo en todo el mundo del arte, música, cultura, moda no tenía precedentes y es aún fuente de inspiración en nuestros días.

A pesar del éxito de Fokine con la compañía de Diaghilev, en 1912 renunció porque no estaba de acuerdo con las facilidades que el empresario le daba a Vaslav Nijinsky para hacer coreografías; se vio tocado en lo mas profundo de su ego y decidió buscar nuevos horizontes. Comienza entonces un ir y venir entre Rusia y algunos países europeos, con momentos complicados debido al estallido de la Primera Guerra Mundial y posteriormente la Revolución Rusa. Finalmente logra abandonar su país y llegar a Estocolmo en Suecia en donde había sido invitado a montar Petrushka. En este periodo sucede un capítulo de su vida que es casi desconocido. Estando en Suecia conoció al empresario Rolf de Maré, descendiente de una acaudalada familia y amante del arte (la versión sueca de Diaghilev, pero con mucho dinero) y al mismo tiempo, mientras daba clases en el Ballet Real de Suecia, conoció al joven bailarín Jean Börlin. Este encuentro con ambos personajes daría eventualmente como resultado la creación de una compañía llamada Los Ballets Suecos, que se estableció en París, en una corta existencia, de 1920 a 1925. Esto no sería de llamar la atención de no ser porque básicamente el repertorio y las ideas coreográficas de Börlin eran una réplica de la propuesta innovadora que había llevado la troupe de Diaghilev 11 años antes. Algunos historiadores llegaron incluso a ver la aparición de Los Ballets Suecos como una especie de venganza muy elegante de Fokine hacia Diaghilev. Lo malo fue que al parecer, una vez que echaron a andar sus ideas, de Maré y Börlin hicieron a un lado a Fokine y no lo incluyeron en sus planes parisinos.
Pero no todo estuvo mal para Mikhail Mikhailovich, en 1919 recibió una invitación para trabajar en Broadway, en Nueva York, lo que resultó un giro decisivo en su vida, ya que habría de quedarse el resto de su vida. En 1921 abrió una escuela de danza en Nueva York que se convirtió en el campo de entrenamiento de la primera generación de bailarines norteamericanos. A lo largo de los años siguió recibiendo invitaciones para ir a otros países a crear o remontar obras. El repertorio que había creado en sus años con Diaghilev y posteriores se siguió presentando en el Ballet de Monte Carlo, Los Ballets Rusos del Coronel de Basil e incluso creó un nuevo ballet con Rachmaninov que se estrenó en la Royal Opera House de Londres.

Finalmente, se unió como miembro fundador a lo que sería su ultimo proyecto, el Ballet Theatre (hoy American Ballet Theatre) de Lucia Chase. Ahí remontó algunas de sus pièces de résistance como Las Sílfides y creó nuevas obras. Su ultima creación en este grupo fue Helena de Troya. Mientras ensayaba con la compañía en la ciudad de México para presentarse en el Palacio de Bellas Artes, desarrolló una trombosis en una pierna. Regresó de urgencia a Nueva York, pero para cuando llegó la afección se había convertido en pleuresía, que después se volvió una doble neumonía. Murió el 22 de agosto de 1942. En tributo a su memoria, diecisiete compañías alrededor del mundo presentaron simultáneamente Las Sílfides. Su entrañable amigo Sergei Rachmaninov, cuando se le pidió comentar sobre el deceso, simplemente dijo “ahora todos los genios están muertos.”

En el terreno personal, al poco tiempo de haber entrado al Teatro Mariinsky, Mikhail vivió una historia de amor con Tamara Karsavina, quien admiraba a este maravilloso bailarín. La cosa no llegó a más porque la mamá de Karsavina no quería que se casara con un artista, y menos bailarín. Seguramente reflejo de su propia experiencia, ya que el padre de Tamara era el famoso maestro de ballet Platon Karsavin.
Fokine se casó en 1905 con Vera Antonova (conocida como Fokina), una de sus alumnas, quien además de su esposa fue su musa y su mayor apoyo. Tuvieron un hijo, Vitale que vivió todas las peripecias artísticas de sus padres. Vitale editó las memorias de este gran artista en 1961.




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