GÉNESIS DE ESMERALDA (SEGUNDA PARTE)

En 1835, Jules-Joseph Perrot joven bailarín de 26 años, decidió alejarse de las intrigas que prevalecían al interior de la Ópera de París y buscar escenarios en otras ciudades europeas. Después de una serie de contratiempos, en enero de 1836 llega a Nápoles en donde estaba invitado -con toda la pompa que podía rodear a un premier danseur de París- para bailar junto a Amalia Brugnoli en el ballet El retorno de Ulises de Salvatore Taglioni. La Brugnoli era famosa por haber sido una de las precursoras del trabajo “a la punta”, sin embargo, quien atrapó la atención del francés fue una jovencita de 16 años, promesa de la danza y a quien el destino había destinado a ser su musa: Caronne Adele Josephine Marie Grisi, mundialmente conocida como Carlotta Grisi, una de las más grandes bailarinas del período romántico.

Completamente enamorado, Perrot se relacionó con la familia y trazó el camino para que Carlotta llegara a París, a la Ópera, lugar en donde se consolidaban los éxitos. Quiso casarse con ella, pero tanto su familia como la de ella, se opusieron al matrimonio. Esto no impidió que creara para Carlotta las más bellas coreografías, mientras mantenían una relación de pareja.

La historia los llevó a Giselle, ballet cumbre del romanticismo, en donde la Grisi cautivó al público junto a su Albrecth, el talentoso bailarín Lucien Petipa, estrella de la época y hermano mayor del posteriormente aclamado Marius. Perrot había tenido una serie de problemas legales con la Ópera de París y en los créditos del ballet figuraba Jean Coralli como coreógrafo, pero es bien sabido que de manera oculta, Perrot creó todas las danzas para su Giselle.

Tras el éxito de la obra en París, Perrot acepta la invitación del recién nombrado director del Her Majesty’s Theatre de Londres para presentarse en esa ciudad. Esto era parte de los esfuerzos de Lumley de sacar del bache al teatro que había pasado por años muy complejos, incrementados por la súbita muerte del anterior director.

Así llegaron en marzo de 1842 la Grisi y Perrot; ella sólo para los meses de marzo y abril -período de descanso en París- y él para toda la temporada. Giselle se presentó en 11 exitosas funciones, lo que dejó a Lumley con muy buen sabor de boca y la idea de continuar aprovechando el talento de Perrot.

Mientras tanto, la temporada 1842 terminada, Perrot regresa a París para enfrentarse a la ruputra definitiva de su relación amorosa con la Grisi, y es que, si ya venían teniendo algunos conflictos, no ayudó en nada que en la ciudad Luz estuviera en boca de todos el romance entre Carlotta y Lucien Petipa.

Decepcionado del amor y sin posibilidades de trabajar en la Ópera de París por sus conflictos legales, se propone hacer de Londres su centro de actividad, aprovechando el entusiasmo de Lumley. Ahí, gracias a las oportunidades que le abrió el empresario florecería su genio coreográfico y crearía muchas de sus obras maestras.

También en Londres iniciaría su colaboración con el compositor italiano Cesare Pugni, relación que duraría hasta el final de su carrera. Pugni era un talentoso músico, buen conocedor de la estructura del ballet, pero con una vida bastante disipada que siempre lo tenía en situación precaria. Esta asociación laboral traería para Pugni el beneficio de salir de la obscuridad y de la pobreza (aunque es bien sabido que siempre tuvo problemas de juego, alcoholismo, etc) y Perrot ganaba un valioso colaborador con gran talento para construir ballets al estilo italiano -caracterizado por un importante uso de pantomima. Ademas, gracias a este encuentro londinense, años después Pugni llegaría a Rusia y seguiría embelleciendo la danza con su música.

Y ahora si, llegamos a La Esmeralda. La semilla de este ballet surgió en la mente de Benjamin Lumley. Cuando le propuso por primera vez el tema a Perrot, le pareció descabellado y lo rechazó. No obstante, Lumley supo cómo hacerle ver las oportunidades artísticas que representaba y al final accedió. Y es que reducir el vasto panorama de la novela de Victor Hugo a la escena del ballet era una labor de titanes, por lo que Perrot seguramente agradeció que Lumley lo ayudara durante todo el proceso. Como era de esperar, la música le fue comisionada a Cesare Pugni -su primer encargo para el Her Majesty’s Theatre- y el italiano pasaba junto a Perrot y Lumley largas horas definiendo la estructura y sacando el proyecto adelante.

Al igual que las obras de Louise Bertín y Antonio Monticini, el argumento que trazaron Perrot y Pugni presentaba muchas diferencias con la fuente literaria original, muchas de las cuales eran las que el mismo Hugo había hecho desde 1836 para la ópera.

Entre los cambios más destacados está la omisión de algunas escenas icónicas de la novela. En primer lugar, por ejemplo, no se devela el secreto del nacimiento de Esmeralda (eso será tema de una publicación posterior) o tampoco se habla de cómo Cuasimodo rescata a Esmeralda de la horca e incluso, se presenta a Febo de Châteaupers  como un noble héroe que prodiga un amor verdadero por la gitana, en oposición a la novela en donde el capitán es un mujeriego superficial y sin escrúpulos que lo único que siente por Esmeralda es lujuria. Y, por supuesto, el trágico final es remplazado por un feliz desenlace, con la joven rescatada de la horca en el último momento y con su nombre y su honor limpios de todo crimen.

Así fue cobrando forma este ballet en un acto y cinco cuadros, que es considerado la obra maestra de Jules Perrot. Para el papel de la heroína, el coreógrafo tenía en mente a la prima ballerina Adèle Dumilâtre, la Myrtha de su Giselle, y a quien él había introducido en Londres en la temporada 1843. Sin embargo, el destino le hizo otra jugada y en una función se lesionó un pie y quedó varias semanas confinado en cama. La Dumilâtre tuvo que regresar a París y para cuando se recuperó, Fanny Cerrito había llegado a la ciudad y los esfuerzos tenían que centrarse en hacerle un ballet especial. El proyecto de La Esmeralda, entonces, fue hecho temporalmente de lado.

En 1844, Lumley logró contratar a Carlotta Grisi y fue con ella que Perrot retomó los ensayos, hacia finales de febrero. Para entonces, el régisseur Coulon, ya llevaba unas 5 semanas ensayando a los cuerpos de baile, que tendrían una importancia mayúscula en la nueva obra.

Todo fluyó de maravilla y el ballet estuvo completamente listo y pulido para su estreno el 9 de marzo de ese mismo 1844. Además de la Grisi como el personaje central, el público del Her Majesty’s Theatre admiró a Arthur Saint-Léon (quien apenas tenía 23 años y ya era reconocido como uno de los mejores bailarines de Europa) en el papel del capitán Febo de Châteaupers, al mismo Perrot como el poeta Pierre Gringoire, a Aledaïde Frassi como Fleur-de-Lys y al régisseur Antoine Louis Coulon como Cuasimodo.

El ballet sería un gran éxito, por su coreografía y por el desempeño y encanto de los bailarines (en especial, por supuesto, de la Grisi) y fue inmensamente aclamado por la crítica y el público durante toda la temporada.

Carlotta renía que regresar corriendo a París para bailar Giselle el 6 de mayo en la Ópera. Lumley la persuadió de que se quedara en Londres hasta el último momento para que recibiera su función de despedida, justo al noche previa a su partida. Aún con los aplausos y vítores del público en su cabeza, corrió a una carroza que la aguardaba para tomar un tren especial que Lumley había ordenado que la llevaría al puerto de Folkestone, en donde un vapor la esperaba para cruzar el Canal de la Mancha y llegar a Boulogne. Tras la odisea, 19 horas después de dejar Londres, se encontraba lista para salir a escena en París.

Continuará…

Jules Perrot y Carlotta Grisi en la escena de la lección de baile. Pictorial Times, marzo 16, 1844

Arthur Saint-Léon en la tercera escena, con Adelaïde Frassi (izquierda) como Fleur-de-Lys y al fondo Jules Perrot como Gringoire y Carlotta Grisi como Esmeralda. Litografía de John Brandard; Theatre Museum, Londres

Carlotta Grisi en La Esmeralda. Grabado. London News, marzo 30, 1844

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