Dame Monica mason

Descrita por el mismísimo Sir Kenneth MacMillan como una “bailarina de tremendo poder, raro en las bailarinas inglesas que tienden a ser más elegantes y refinadas”, Monica Mason es aún a sus 82 años, una de las figuras más activas en el complejo engranaje del Royal Ballet.

Monica Mason nació en Johannesburgo, Sudáfrica el 6 de septiembre de 1941. Su familia no tenía ninguna relación con el teatro o el arte en general, pero sí había mucha danza. Le encantaba ver a sus papás cuando bailaban juntos en los bailes de sociedad, sentía que se veían fabulosos. Y cuando era muy pequeña, bailaba en pareja con su papá, parada sobre sus zapatos.

Monica era una niña llena de energía y su mamá se la pasaba buscando salidas para canalizar esa energía desbordante: natación, tenis, gimnasia, lo que fuera. Así, a los 4 años la llevó a su primera clase de ballet. Al inicio iba una vez por semana con Miss Sutton, que daba clases en una escuela para niñas en la que había que empujar mesas y sillas para despejar el salón que, además, tenía un piso de madera muy resbaloso. Hizo el examen del primer grado de la Royal Academy of Dancing a los seis años y lo pasó. Pero poco después. Miss Sutton se retiró y Monica quedó devastada, al grado de no querer tomar clase con nadie más y se dedicó a otras actividades. Pero ya había crecido en ella la semilla de la danza y no era posible ignorarlo, así que dos años después su mamá se dio a la tarea de encontrar una maestra adecuada -en esos años la vida dancística en Johannesburgo no presentaba muchas alternativas- y así llegaron con Ruth Inglestone (formada en la escuela Cecchetti), que apenas tenía 20 años y era a la vez dulce y estricta. Es con ella que a los 12 años Monica empezó a ser consciente de quería seguir una carrera profesional en la danza.

Todo iba viento en popa, pero entonces su padre fallece y su mamá decide irse a Inglaterra con sus dos hijas, ya que Sudáfrica no era un país muy seguro para una mujer sola y además, no había muchas opciones de empleo. Así es como Monica llegó a Inglaterra a los 14 años con la gran ilusión de estudiar en la escuela del Royal Ballet, pero no fue aceptada en una primera audición. Este revés sólo la impulsó con más fuerza para lograr su objetivo y asistió a la Nesta Brooking School of Ballet antes de volver a audicionar y finalmente ser aceptada en la Royal Ballet School para cursar el último grado. Durante su adolescenia Monica admiraba a bailarinas como Margot Fonteyn -por supuesto-, Svetlana Beriosova y Nadia Nerina.

Al terminar su formación en la escuela, en 1958, con tan sólo 16 años, fue invitada a unirse al Royal Ballet, aún dirigido por Madame Ninette de Valois; convirtiéndose en la integrante más joven de la compañía. Ahora nos podría parecer que 16 años es muy pronto para iniciar una vida profesional, pero Monica era muy madura para su edad, pues la muerte de su padre la obligó a crecer muy rápido. Durante las primeras dos temporadas en las que estuvo en el cuerpo de baile, ella tenía la idea de que nadie la distinguía del resto de cisnes, Willis o hadas; en realidad coreógrafos y ensayadores empezaban a fijarse en ella por su cuerpo alto y fuerte y su belleza. Muy pronto le empezaron a ofrecer papeles de “adulto” como Gertrude en el Hamlet de Robert Helpman, que por cierto llegó a bailar con el mismísimo Nureyev.

En 1962 le llegó la oportunidad de oro que habría de marcar el despunte de su carrera y una relación artística con Sir Kenneth MacMillan (la estrella coreográfica en ascenso del momento) que duraría toda la vida: fue seleccionada de entre el cuerpo de baile por el polémico coreógrafo para crear el demandante papel de la Elegida en su versión de la Consagración de la Primavera -la icónica obra de 1913 creada por Vaslav Nijinsky con música de Igor Stravinsky. Con su especial sentido del humor, Monica Mason relata cómo se dio este decisivo momento: tenía 20 años y era parte del cuerpo de baile de Royal Ballet. Estaba en una fiesta ofrecida por compañeros de la compañía y entre los asistentes se encontraba MacMillan. Era 1962 y Monica recuerda que la música estaba muy fuerte y ella estaba completamente desatada. “Siempre me gustó bailar en las fiestas, pero esa noche estaba exagerando como loca. Estaba segura de que Kenneth me estaba observando.”  En efecto, la estaba viendo y algo del desenfreno de Mason evidentemente impresionó al coreógrafo. Unos días después, MacMillan la llamó aparte y le dijo que estaba haciendo un nuevo ballet y quería que ella fuera el personaje central.

Fue esta interpretación de la Elegida la que permitió que el público y sus compañeros empezaran a reconocer su fuerza como bailarina. Anthony Dowell, estrella y ex director del Royal Ballet recuerda que: “ninguno de nosotros había visto una coreografía así para una mujer. Era tan atlética y desesperada y demandaba tanta resistencia. En aquella época era difícil imaginarse a otra bailarina que no fuera Mónica haciéndola. Era tan fuerte e inteligente y musical, y tenía esta cara tan increíblemente expresiva. Se veía un poco como la joven Joan Crawford, con esos ojos tan obscuros y expresivos:”

Ahí comenzó un camino en el que fue la intérprete original de varios papeles importantes en los ballets de MacMillan, incluyendo la amante de Lescaut en Manon,  Calliope Rag en Elite Syncopations,  Verano en Las Cuatro Estaciones o la comadrona en Rituals. Fue también una aclamada interprete del papel femenino principal en la Canción de la Tierra, Mitzi Caspar y Emperatriz Elisabeth en Mayerling, o Kschessinskaya en Anastasia.

En 1968, ya bajo la dirección del Sir Frederick Ashton, fue nombrada bailarina principal, bailando repertorio que incluía papeles clásicos y dramáticos. Y aunque no dejaba de aprovechar las oportunidades que se le presentaban, también se dio cuenta de que su estilo “particular” tenía sus inconvenientes. Y es que, en el Royal Ballet de esos años, la absoluta soberana era Margot Fonteyn quien, con su estilo femenino, elegante y ultra clásico, había definido el estándar de la bailarina británica. A pesar del rango alcanzado, Mason se veía continuamente excluida de los “grandes” papeles principales: Aurora, Giselle, Cenicienta, no aparecían en su panorama; tampoco el mismo MacMillan la consideró para Julieta o Manon.

Finalmente, llena de frustración y armada de valor, fue a cuestionar a Ashton sobre por qué no la consideraban más a lo que él respondió que en realidad, no le gustaba mucho su nariz y le sugería ¡someterse a una cirugía! Si bien Monica ahora confiesa que en su momento sí llegó a considerarlo, al final no cedió, resistió y siguió adelante. En lugar de preocuparse por los papeles que no le asignaban, se concentró en aquellos en los que destacaba, especialmente en los ballets modernos abstractos que se iban añadiendo al repertorio del Royal Ballet y que iban tan bien con su estilo de bailar, con su cuerpo y con su carácter independiente.

De esta manera, se adentró en las obras de Bronislava Nijinska (Les Noces y Les Biches), Ninette de Valois (Checkmate), Balanchine (Apollo, Serenade, Lieberslieder Waltzer, Ballet Imperial), Jerome Robbins (Dances at a Gathering, In the Night), Hans van Manen (Adagio Hammerklavier) y, el repertorio neoclásico del propio Ashton (Birthday Offering, Cenicienta, Enigma Variations), entre otros.

Eventualmenter hizo su entrada con paso firme al repertorio tradicional. Bailó Odette-Odile en el Lago de los Cisnes -teniendo en 1975 a Rudolf Nureyev como su Sigfrido-; Nikiya en Bayadera; Hada de las Lilas y Carabosse en La Bella Durmiente (por cierto, una joya verla ensayar Carabosse), Myrtha en Giselle (insuperable, también hay que verla llevar ensayo).

Acercándose a los 39 años, en 1980, estaba lista para colgar las zapatillas. Cuando MacMillan (coreógrafo residente entonces) se enteró de que Monica quería irse de la compañía para dedicarse a ser ¡presentadora de radio!, le ofreció trabajo como su asistente. Lo que fuera con tal de no dejar ir a esta mujer que él consideraba tan valiosa. Trabajar junto a MacMillan, llevando ensayos y ayudando en el proceso creativo, le abrió un nuevo sendero profesional.  Ahí descubrió que le gustaba “arreglar cosas” y esto se refiere no sólo a ayudar a los bailarines con los nuevos papeles o en sus ensayos, también literalmente a arreglarlos después de una lesión. Ella, que había sufrido una fractura de pie años antes y sola había desarrollado una serie de ejercicios para rehabilitarse, empezó a dar clases de recuperación para bailarines lastimados. Años después, ya siendo directora del Royal Ballet, fue ella quien insistió en la necesidad de tener todo un equipo de terapia preventiva y de rehabilitación al seno de la institución.

En 1984 su maravilloso carácter, aunado a la gran experiencia que había adquirido a lo largo de los años, la llevaron a ocupar el cargo de Ensayadora principal. Cuando Anthony Dowell llegó a la dirección de la compañía, la invitó a ser su directora asistente. Este trabajo junto a Dowell le permitió inolucrarse en lo que significaba la vida cotidiana de la compañía, más allá del salón de ensayos.

En el año 2001 Dowell se retiró y en su lugar llegó Ross Stretton, ex director de Ballet de Australia, pero las cosas no funcionaron y hubo que reemplazarlo al término de un año. El consejo de administración le propuso a Mason ocupar temporalmente el cargo hasta que encontraran a otra persona. Una vez en la oficina grande, cuenta Monica, ya no tenía ganas de dejarla, y anhelaba con todas sus fuerzas quedarse permanentemente a cargo de este lugar que era su familia desde los 16 años y que conocía tan bien. Finalmente, este deseo se hizo realidad y Monica fue directora artística de una de las compañías más importantes del mundo de 2002 a  2012, llevando su sentido del humor y su particular forma de ser a este nuevo reto. Cuando ella llegó al Royal, a Ninette de Valois todos le decían Madame con gran reverencia. Mason se hacía llamar simplemente Mon por toda la compañía.

Al inicio su gestión recibió fuertes críticas porque se le veía como muy conservadora y que desde su posición solamente parecía estar dedicada a preservar el repertorio de MacMillan y Ashton. Pero Mon demostró que sus detractores estaban equivocados, tomando importantes riesgos. Fue ella quien llevó al archi clásico Royal Ballet al coreógrafo contemporáneo Wayne McGregor, primero con su obra Carbon Life y luego con una creación para la compañía, Chroma (2006), que resultó todo un éxito valiéndole a McGregor el puesto de coreógrafo residente y teniendo una larga producción coreográfica. También dio el gran paso de comisionar el primer ballet de larga duración después de 16 años, este fue otro éxito: Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (2011) de Christopher Wheeldon (alumno y ex bailarín del Royal Ballet, pero desarrollado en NY… otra historia).

Con estos pasos, Mason fue transformando el rostro de la compañía al tiempo que aprovechaba a los jóvenes talentosos que mostraban todo su entusiasmo ante el nuevo panorama. Yo me atrevo a decir que gracias a Mon, el Royal Ballet se fortaleció y resurgió más grande que nunca, y esta labor fue tan trascendente que aún hoy, cuando Kevin O’Hare lleva las riendas, el impacto de Mason sigue siendo palpable. El bailarín, coreógrafo y ex director del Birmingham Royal Ballet asegura que ha sido la mejor directora artística desde la mismísima Madame de Valois.

Monica Mason, acreedora en 2008 al título de Dama del Imperio Británico por sus contribuciones a la danza, asegura que sus grandes influencias fueron Margot Fonteyn, Robert Helpman, Frederick Ashton y MacMillan, así como Bronislava Nijinska. También cuenta entre los hitos de su carrera bailar con Rudolf Nureyev.

Actualmente es vicepresidenta de la Royal Academy of Dance (RAD) y, sobre todo, sigue muy involucrada con su compañía. Gracias a las frecuentes transmisiones del Royal Ballet, podemos verla llevando ensayos y asesorando a las estrellas de hoy en los papeles con los que en su día brilló en el escenario. Y es fascinante verla dar las indicaciones sobre las miradas, las posiciones, las actitudes, la técnica, las emociones…

Larga vida a Monica Mason.

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