Serge Lifar. Un apolo del siglo xx

Serge Mikhailovich Lifar

2 abril 1905, Kiev, Ucrania

Llega tarde al ballet, apenas a los 16 años empieza a estudiar con Bronislava Nijinska en Kiev. Ella no le veía mucho futuro, pero a pesar de ello, cuando Sergei Diaghilev le pidió que reclutara a los mejores alumnos de su escuela para que se integraran a Les Ballets Russes en París, Nijinska accedió llevar a Lifar después de la insistencia del joven.

Con Diaghilev, Lifar se convertiría en el gran prototipo del bailarín europeo, gracias a su apariencia exótica, versatilidad dramática y férrea dedicación a la danza.

En la compañía, empezó como cuerpo de baile, pero muy pronto vinieron las oportunidades de papeles de solista y de que varios ballets se crearan para él: Les Fâcheux y le Train Bleu de Nijinska. Céfiro y Flora de Massine y, los que consolidarían su carrera, Apollon Musagète y El Hijo Pródigo del entonces joven coreógrafo George Balanchine.

Tras la muerte de Sergei Diaghilev en 1929 fue invitado al Ballet de la Ópera de París primero como bailarín y coreógrafo, en donde creó Las Creaturas de Prometeo (obra que inicialmente se le había pedido a Balanchine, pero esa es otra historia). Más adelante se conviritó en Étoile, coreógrafo residente y finalmente, director.

Bajo su dirección, el Ballet de la Ópera de París salió del estado de agonía que vivía casi desde finales del siglo XIX. Lifar mejoró el estándar técnico (particularmente masculino); reinstauró el trabajo obligatorio con zapatillas de punta, abolió algunas añejas prácticas como la búsqueda de “patrocinadores”· masculinos para las bailarinas y, revive las grandes obras del repertorio tradicional como Giselle. También empezó a crear sus propias obras, como Baco y Ariana, Salade, Ícaro, Istar, la mayoría de corte narrativo, salvo su famosísima Suite en Blanc.

Durante la ocupación alemana de París en la Segunda Guerra Mundial, Lifar logró mantener a la compañía trabajando, por lo que en 1944 se le acusó de colaboracionista y lo despidieron del cargo. Decide entonces irse a Monte Carlo, en donde creó el Nuevo Ballet de Monte Carlo. Finalmente, en 1947 es absuelto de los cargos de colaboración y regresa a la Ópera de París en donde permanecería hasta 1958 como bailarín, coreógrafo y director. En este período, entre sus creaciones destacan El Caballero Errante, Fedra y Romeo y Julieta.

Al dejar la Ópera de París, trabajó de forma independiente con varias compañías como el Ballet Nacional de Holanda, el London Festival Ballet y los Ballets del Marqués de Cuevas.

Su labor fue más allá de lo escénico. En 1947 funda el Instituto Coreográfico de París (después Universidad de la Danza) y escribió cerca de 25 libros sobre teoría e historia de la danza.

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