Natalia Makarova: las doce campanadas

Un día como hoy de 1970, durante una gira del Ballet Kirov a Londres, una de sus estrella más prometedoras, Natalia Makarova, tomaba una arriesgada decisión que cambiaría su vida y de paso, la danza en occidente.

En su libro “Ma danse, ma vie”, escrito en 1978, la Makarova abre sus sentimientos y reflexiones en los momentos previos a su deserción:

“Al irnos a Inglaterra me devoraban dolorosos sentimientos: estaba cansada de toda la rutina, el futuro no me prometía nada nuevo, me acababa de divorciar de mi marido e, interiormente acumulaba aburrimiento y cansancio. Quería un nuevo comienzo, pero no sabía cómo hacerlo y me dejaban conducir por tristes pensamientos. Me estaba acercando a los treinta años, pero no se perfilaba ningún cambio en el horizonte.

(…) “Ese mes de gira a Londres (agosto 1970) estuvo terriblemente cargado. Además de Giselle, bailé una serie de pas de deux clásicos. Pero mi alma, estaba en reposo. Tenía intensas pláticas con mis amigos, olvidando todas las restricciones, me divertía en las recepciones, juntaba dinero para comprarme un coche (…). Con todo esto, cuando pensaba en mi regreso al país (URSS), me invadía una extraña sensación de desesperación. El baile había terminado, sonaban las doce campanadas de medianoche y Cenicienta estaba de nuevo en harapos.

Antes del final de la gira fui a una recepción en la embajada soviética, en donde coincidí con el crítico Clement Crisp; platicamos en francés de todo y nada. Todo era muy extraño: desde hacía un tiempo me encontraba en un estado de abatimiento incomprensible, no sentía más que una total indiferencia por el futuro y me sentía como un cordero separado de su manada, mis amigos ingleses me interesaban mucho más que los otros miembros de la compañía (Ballet Kirov).

(…) El 3 de septiembre no dábamos función y por lo tanto estábamos libres. Me fui a ver tiendas todo el día y en la noche, antes de cenar, me dirigí al Festival Hall (en donde se estaba presentando el Ballet Kirov) para guardar en mis cosas un regalo de un admirador. Todo estaba listo para nuestra partida.

En el elevador para bajar al hall, me encontré con dos agentes del KGB que se subieron justo después de mí, y con (Natalia) Dudinskaya. Ninguna de las dos tuvo la duda de que nos estábamos viendo por última vez (…). Al salir del teatro, le di toda la vuelta al edificio, sin saber realmente porqué, antes de dirigirme al coche. Como si estuviera disimulando las huellas de… ¿de qué exactamente? ¿De qué crimen? Pero ya me habían llamado la atención por mis estrechos contactos con extranjeros y prefería entonces evitar problemas.

Me escabullí en el coche de los Rodzianko (Vladimir e Irina Rodzianko, amigos ingleses de Makarova) y me fui a cenar con ellos. (…) De golpe, mi amiga se lanzó en un monólogo, explicándome que iba a arruinar mi carrera, que hacía falta que tomara valor y que me quedara en Londres. Me eché a reír: “¡Eso es imposible! Hablemos mejor de música”. Pero las palabras de Irina no me sorprendieron, aún si la idea de escapar no me había pasado aún por la mente. Mamá, el escenario del Kirov, Leningrado, mi romance naciente: ¿cómo podía abandonar todo eso? Era una locura, no podía perderme en estas absurdidades.

Vladimir escuchaba en silencio, mientras que Irina retomaba sus palabras. ¡Parecía tan convincente! Sus palabras germinaron en mi alma. De pronto me puse a pensar: “¿y si…?”. Aún hoy, cuando lo repienso, siento el mismo escalofrío recorrerme la espalda… De golpe, estallé en sollozos. Esto duro como un cuarto de hora. Los treinta años de mi vida desfilaron ante mis ojos, como si estuviera al borde de la muerte. Me calmé y exclamé con firmeza: “Llamen a la policía. Estoy lista”. Había tomado mi decisión, lo peor quedaba atrás. Había cruzado el Rubicón.”

-Después de esta afirmación vino el trámite reglamentario: sus amigos llamaron a la policía; llegaron dos agentes a la casa de los Rodzianko, le preguntaron si estaba segura de su decisión, la llevaron a la comisaría donde pasó toda la noche. En las primeras horas del 4 de septiembre recibió la autorización para permanecer en Inglaterra.

Continúa Makarova:

“Eran los inicios de los años 70 y para mí, una desertora, el camino a Rusia estaba desde ese momento prohibido. Todos los que huían en ese entonces de la URSS sabían bien que necesitaban cortar los puentes, que no volverían jamás a ver a su familia, sus amigos y que la simple mención de su nombre era peligrosa. Eso ya había pasado con Rudolf Nureyev, quien pidió asilo político en Francia en 1961. Su nombre había desaparecido de inmediato del universo del ballet soviético: este bailarín simplemente no había existido. Yo fui la siguiente en tener este destino (cuatro años más tarde sería el turno de Mikhail Baryshnikov).

Tomado de «La danse, ma vie», trad. del ruso por Camille Calandre, Éditions Grenelle, 2018.

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