Gautier, el poeta de la danza

La verdadera esencia del ballet es poética, deriva de los sueños más que de la realidad. Casi la única razón de su existencia es permitirnos permanecer en el mundo de la fantasía y escapar de la gente con la que nos rozamos los hombros en la calle. Los ballets son los sueños de los poetas tomados en serio.

Théophile Gautier

El 31 de agosto de 1811 nació en Tarbes, una ciudad francesa cerca de la frontera con España, Pierre Jules Théophile Gautier. Aunque muchas fuentes mencionan su fecha de nacimiento como el 30 de agosto, según una semblanza que él mismo publicó en el diario «L’Illustration» el 9 de marzo de 1867, asegura haber nacido el 31 de agosto, por lo que tomaremos su palabra como válida.

A los 3 años de edad, se trasladó con sus padres a París y posteriormente comenzó a estudiar en el prestigioso colegio Charlemagne, donde entabló amistad con algunas de las futuras mentes más influyentes del romanticismo.

Su juventud temprana transcurrió en plena efervescencia del surgimiento del movimiento conocido como romanticismo, una revolución cultural equiparable a la revolución francesa. Este movimiento atrajo principalmente a los jóvenes, ya que representaba una forma de libertad y de vivir fuera de los estándares de la burguesía. Los artistas se inspiraban en el deseo de romper con los cánones del arte «clásico»; la mitología greco-romana cedía su lugar a leyendas folclóricas y a historias fantásticas pobladas por espíritus de los elementos naturales. Surgía así una nueva relación con la naturaleza, los colores locales y la muerte. Esta nueva corriente se plasmó en la literatura, la pintura, la música y, por supuesto, en la danza.

En su adolescencia, Gautier se acercó al famoso escritor Víctor Hugo y se convirtió en su acérrimo defensor, especialmente después de los abucheos en el estreno de la obra teatral de Hugo, «Hernani», considerada hoy como un punto de partida del romanticismo. Fue Hugo quien animó a Gautier, quien inicialmente estaba interesado en la pintura, a buscar su camino artístico en la literatura. Unos meses después, en 1830, publicó su primera colección bajo el título de «Poesías».

Después de varios años intentando labrarse un camino en la literatura y la poesía, y al darse cuenta de que no podía ganarse la vida de esa manera, decidió orientarse hacia el periodismo, específicamente en el ámbito cultural. Publicó algunos artículos teatrales que finalmente lo llevaron al mundo del ballet, en una época dominada por las grandes divas y los ballets blancos. Se podría decir que, con dos de sus reseñas publicadas en 1836, una sobre Fanny Elssler y otra sobre Marie Taglioni, se inauguró la crítica especializada en danza, término que se acuñaría dos años después.

Estos fueron los años del ballet romántico, en los que las bailarinas eclipsaron a los bailarines, llegando al punto de considerarse de mal gusto ver a un hombre bailar. Gautier contribuyó en parte a esta apreciación, ya que a través de sus críticas y reseñas expresaba apasionados elogios a las etéreas bailarinas. Gautier amaba el ballet, o más precisamente, a las bailarinas. Sin embargo, en 1841, cuando la italiana Carlotta Grisi se unió a la pléyade de bailarinas románticas que ya dominaban la escena parisina, el hechizo fue instantáneo. Esta adoración condujo al punto culminante del ballet romántico: «Giselle», para la cual Gautier escribió el argumento.

Théophile Gautier fue el eterno enamorado de Grisi, pero la bailarina de ojos violeta ya era pareja del coreógrafo Jules Perrot (aunque se rumora que tuvieron un romance que llevó a la ruptura con Perrot y también se sabe que el verdadero dueño de su corazón era su compañero Lucien Petipa, pero esa es otra historia). Curiosamente, Gautier terminó casándose con Ernesta, la hermana de Grisi, con quien tuvo dos hijas.

Después de «Giselle», vinieron otros ballets como «La Péri» (Jean Coralli, 1842), «Pâquerette» (Arthur Saint-Léon, 1851), «Gemma» (Fanny Cerrito, 1854), «Yanko el bandido» (1858) y «Sacountala» (Lucien Petipa, 1858). Sin embargo, su contribución al ballet no se limita a los argumentos que escribió. En 1862, Marius Petipa se basó en su poema «Romance de la Momia» para el ballet «La Hija del Faraón». Y el poema «El Espectro de la Rosa» de Gautier fue la inspiración de Mikhail Fokine para su ballet homónimo de 1911.

Además de los libretos de estos ballets, debemos agradecer a Monsieur Gautier todas las reseñas y críticas de danza que realizó durante casi 35 años. En gran medida, gracias a este trabajo, podemos conocer en detalle el desarrollo y la transformación del ballet durante el periódo romántico.

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