Venecia, playa Lido, Hotel des Bains, 19 de agosto de 1929, tres de la mañana: Sergei Pavlovich Diaghilev, hombre de artes sin igual, deja de existir y con él, ese gran mundo de danza que creó durante exactamente 20 años y que conquistaría mentes y corazones bajo la estampa de Les Ballets Russes.
Tras un viaje a Salzburgo con Igor Markevitch (músico y su más reciente conquista amorosa), regresó a principios de agosto a su adorada Venecia. Su salud ya se veía mermada a causa de una diabetes que él se empeñaba en ignorar. Acompañado de dos de sus antiguos amores, Boris Kochno y Serge Lifar, pasó los últimos días de su vida yendo de la cama al sillón, pues poco a poco su cuerpo iba perdiendo fuerza. También acudieron a su lado sus eternas y fieles amigas Misia Sert y Coco Chanel (nacida precisamente un 19 de agosto, pero de 1883).
En el invierno de 1946 en Saint Moritz, Suiza, se encuentran dos antiguos amigos Paul Morand -novelista, dramaturgo y poeta francés- y Gabrielle “Coco Chanel”, voluntariamente exiliada en esa ciudad tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Chanel va contando cada noche a su amigo una serie de recuerdos y vivencias especiales, las cuales él fue anotando cuidadosamente y, posteriormente publica en el que sería su último libro: L’allure de Chanel (El aire de Chanel).
Así que en esta fecha que hace coincidir las vidas de estos dos personajes que cambiaron la forma de ver el mundo desde sus respectivas trincheras, comparto algunos fragmentos de lo que Chanel contó a Morand sobre Sergei Pavlovich:
“(…) Desde que lo conocí hasta el día en que le cerré los ojos, nunca vi a Serge descansar.
(…) Era un amigo realmente maravilloso. Me gustaba con su prisa por vivir, con sus pasiones, con sus miserias, tan lejos de su leyenda fastuosa, pasando días sin comer, noches enteras ensayando, horas y horas sentado en una butaca, arruinándose para dar un buen espectáculo. Presenta los mejores pintores a los mejores músicos, enseña al pueblo francés, dispuesto por esnobismo, a viajar diariamente a las Mil y una noches, que hay a la vuelta de la esquina magos desconocidos: Dukas, Schmitt, Ravel, Picasso, Derain. (…)
Diaghilev fue un acróbata extraordinario, un recreador de talento y un recreador de genio. Si hubiera importado a Francia, tal cual, los ballets del Teatro Imperial, sólo habría conseguido prestigio. (…) Pero hizo algo mejor; inventó una Rusia para el extranjero, y, naturalmente, el extranjero cayó en la trampa. (…)
El caprichoso, frívolo, inconstante Diaghilev fue el primero en comprender que había que explotar al máximo las obras de arte, que no había nada que limitara la danza a la música de baile (…). Soy consciente de todos los reproches que se le han hecho, de que su baile está tratado desde fuera, de que lo subordinó a las otras artes… Pero hay un hecho que quedará: Diaghilev dominó su época, y aquella época, que fue la de Nijinsky, Massine, Lifar, la Pavlova, los Sakharoff, la Argentinita, la época del resurgimiento del espectáculo de variedades, de los espirituales negros, de la rítmica y del ritmo plástico…, fue probablemente la época más brillante que haya conocido la danza.
(…) Ante nuestros ojos, en Venecia, Diaghilev acaba de morir al volver de Salzburgo. Allí están Catherine d’Erlanger, Misia (Sert), Boris Kochno, (Serge) Lifar.
-Amigos, mis únicos amigos… me siento como si estuviera borracho…
A la mañana siguiente, una larga procesión de góndolas abandona la iglesia ortodoxa del Grecchi, camino de San Michele, el cementerio cuyos cipreses despintan por encima del muro rosa bordeado de blanco.
¿Qué va a pasar con los ballets?
-¿Quién puede tomar el relevo?
-Nadie
(…) Serge puso en movimiento muchas ideas, colores, pasiones, billetes de banco: sólo deja un par de gemelos que Lifar cambiará por los suyos en el momento de meterlo al ataúd. “
MORAND, Paul, L’allure de Chanel, Hermann Éditeurs des sciences et des arts, París, 1976
Gracias por todo Sergei Pavlovich.




Deja un comentario