Bailar en cuerpo y alma: homenaje a Vladimir Shklyarov

Vladimir Andreyevich SHKLYAROV (ShlyarÓv, no ShklyÁrov, como él solía aclarar a menudo) falleció prematuramente hace un año. Shklyarov encarnaba la esencia del ballet clásico ruso con una combinación única de virtuosismo, elegancia y profunda expresividad. Apenas en 2023 había festejado veinte años de vida en escena, desde que, recién graduado de la prestigiosa Academia de Ballet Ruso llamada en honor de Agrippina Y. Vaganova, pisó por primera vez el teatro que fue la gloria del ballet imperial, cuna de las más bellas obras del repertorio clásico y testigo de las nuevas corrientes que darían forma al ballet contemporáneo.

Volodya, admirado por balletómanos del mundo entero, tenía una personalidad vibrante, magnética y la capacidad de entregarse por completo a sus personajes. Fue un cautivante Romeo, un elegante Desiré, un exótico Alí o un seductor Esclavo, pero su arte no se quedó en el repertorio tradicional: entendía que, cuando se baila con entrega y con toda el alma, no existen límites. Su talento lo llevó a escenarios internacionales, siendo artista invitado en el Ballet de Baviera, el Royal Ballet y el American Ballet Theatre, entre otros.

Vladimir Shklyarov fue primer bailarín del Teatro Mariinsky y Artista Honorario de Rusia. Con ensayos de muchas horas y arduo trabajo, forjó su camino hacia el éxito. Era un perfeccionista, exigente consigo mismo, atento a cada detalle: desde la limpieza técnica hasta el maquillaje y vestuario, además de una preparación meticulosa para cada papel, tal como lo destacan sus colegas y amigos.

“Cuanto más bailas, más defectos notas, tanto en ti mismo como en los demás. En general, es terrible; me encantaría poder ver una obra de teatro o escuchar una ópera sin tener ese control activado. Pero en el ballet lo sé todo, lo veo todo, hasta el último dedo. Analizo, escudriño”.

Mirada profunda y sonrisa hechizante, Shklyarov tenía un alma de artista que transmitía hasta el más mínimo sentimiento de cada personaje. Viéndolo, era fácil leer sus emociones, entender si sufría o amaba, comprender claramente quién era en ese momento. Fue tocado por un talento que, estaba convencido, le había otorgado Dios. Representó con honor el gran legado del ballet de San Petersburgo, ese que no solo forja la técnica limpia y elegante, sino también los más sutiles detalles: la manera de caminar, la forma de entrar a escena, la relación con el público y la caballerosidad con sus partenaires.

Nació el 9 de febrero de 1985 en la entonces Leningrado, en una familia de ingenieros militares sin relación alguna con la danza o el arte. Su madre, al notar su naturaleza inquieta y rebelde, lo inscribió en el ensamble de danzas folclóricas Kalinka y, más tarde, en la Academia Vaganova, una de las más antiguas y prestigiosas del mundo. La admisión en esta institución dependía de criterios físicos estrictos, por lo que Shklyarov temía no ser aceptado.

«Cuando ingresé, era un poco rellenito, pero ágil y bastante artístico… Y, sobre todo, ambicioso y terco: si tenía que levantar la pierna, lo hacía más alto que nadie», confesó en una entrevista.

Desde el inicio, destacó por su talento y entrega, aunque enfrentó desafíos en su formación. Aprendió el oficio bajo la guía de Piotr Afanásievich Silkin, quien además de inculcarle una profunda reverencia por el ballet, le enseñó a cuidar meticulosamente su cuerpo. Por ello, Vladimir nunca tuvo tatuajes ni piercings; sus únicas joyas eran una cruz al cuello y su anillo de bodas, que consideraba su amuleto de la suerte.

Si bien generalmente obtenía buenas notas, a los 15 años padeció lo que en la Academia llamaban “mal de estrella” y, de vez en cuando, tenían que regresarlo a la realidad. En clases de técnica, danzas de carácter y actuación, desde temprana edad se percibía esa chispa que pocos poseen.

Olesya Novikova, una de sus partenaires frecuentes, recuerda que fue una sorpresa: el único alumno que en los exámenes de mitad de primer año obtuvo notas bajas y, seis meses después, logró las más altas. Viktoria Tereshkina, su compañera en numerosas obras, comenta que, en el cuarto grado, Volodya ejecutaba sin problema cuatro pirouettes impecables. Entre sus colegas del Mariinsky se decía que tenía el mejor doble cabriole devant del mundo, un elogio significativo viniendo de sus iguales.

Cuando se graduó en 2003, recordó cómo supo que había sido invitado al Mariinsky:

“Todos estábamos seguros de que entraríamos al Mariinsky. Yo, a pesar de todo, también estaba convencido. Pero al recibir nuestros diplomas… silencio. Fui a ver a Altynai Asylmuratova, directora artística de la Academia, y le pregunté: «¿Y ahora qué hago? ¿Dónde voy a bailar?» Se sorprendió y me dijo: «¿Acaso no lo sabes? Por supuesto, en el Mariinsky”.

Shklyarov se describía como alguien competitivo y amante de los retos. Relató una anécdota de sus primeros años en el Mariinsky:

“Ya había bailado bastante en el escenario, pero en las giras seguían poniéndome en el cuerpo de mimos. En El Lago de los Cisnes, me sentaba con una copa en la mano, susurraba indicaciones a mis compañeros. O salía como heraldo, con una trompeta, botas altas, una enorme peluca… Y todos esperaban: «¿A ver qué locura hace ahora Vovchik?». No entendía por qué tenía que quedarme ahí sentado. Se avecinaba una gira de tres semanas por Japón y, además de mis roles, otra vez me tenían asignado mucho trabajo de mimo. Fui a hablar con Makar Vaziev, nuestro director de ballet, y le dije que estaba dispuesto a bailar el pas de trois de El Lago todos los días, pero que sentarme en la mesa… eso ya era demasiado. «¡Es tu trabajo!», me respondió. Le contesté que mi trabajo era bailar, no sentarme. Nunca más me pusieron en el cuerpo de mimos.”

Vladimir Andreyevich amaba San Petersburgo y el Teatro Mariinsky. Siempre entró a su escenario con respeto, consciente de la responsabilidad de preservar el legado de quienes lo antecedieron. En 2011 fue nombrado Primer Bailarín, aunque desde antes interpretaba roles solistas. Él mismo admitía que no encajaba en el cuerpo de baile: “No podía seguir las líneas, hacer todo de manera uniforme; a veces saltaba más alto, otras chocaba con alguien”.

Brilló en ballets icónicos como Giselle, La Bayadère, Romeo y Julieta, El Lago de los Cisnes o El Corsario. También destacó en roles de carácter; cómo olvidar al cautivador Iván en El Caballito Jorobado o al enamorado y desesperado Evgueni en El Jinete de Bronce o más recientemente el gentil LordWilson/Taor en La Hija del Faraón, o ese impulsivo Hooligan en La Dama y el Hooligan. Su estilo reflejaba la herencia de la Academia Vaganova, con impecable técnica, saltos ligeros y musicalidad refinada.

Consciente de que la carrera del bailarín, sobre todo uno de su calibre, dura unos veinte años, estaba empezando a interesarse por la el arte dramático y por ir aumentando su repertorio en obras de este corte. A pesar de que logró interpretar muchos de los ballets con los que soñaba (como Manon de Sir Kenneth MacMillan, Marguerite y Armand de Sir Frederick Ashton, o el legendario Espartaco de Yuri Grigorovich), Shklyarov partió antes de acercarse al Bolero de Maurice Béjart, La Dama de las Camelias de John Neumeier o Mayerling de Kenneth MacMillan.

Para Shklyarov, su mayor felicidad era la familia. Tenía dos hijos y, aunque muchos imaginaron que algún día sería maestro, él mismo afirmaba que no podía verse en ese rol. Lo suyo era bailar. No le era fácil dejar a un personaje atrás al llegar a casa, pues vivía intensamente cada interpretación. Amaba San Petersburgo y pasear por sus parques. Se definía como una persona melancólica, pero con una energía arrolladora en escena. Creía que cada persona tiene un talento otorgado por Dios y que es esencial aprovecharlo. Para él, ese talento se manifestaba en el momento en que pisaba el escenario y se sentía libre, sin temor ni vergüenza, sino con el poder de un león o un tigre, disfrutando y sintiendo el aplauso del público.

Mucho se ha especulado sobre su muerte, alimentando intrigas y debates políticos. Sin embargo, ahora ya resulta irrelevante conocer «la verdad» o señalar responsables. Lo importante es no olvidar a este bailarín excepcional, uno de esos seres especiales que llegan fugazmente, se entregan en cuerpo y alma a la belleza del arte y siguen su camino.

El ballet fue su vida, y su legado perdurará en la memoria de quienes lo admiraron. Bailar fue su forma de existir. Y así, vivo en el arte, seguirá presente en el corazón de quienes aman la danza.

“La felicidad es simplemente cuando las personas se aman unos a otros”. – Vladimir Shklyarov.

Вечной память и низкий поклон Владимиру Шклярову!

Deja un comentario